El ojo que todo lo ve: London Eye

Hoy en nuestra columna de colaboradores les damos la bienvenida a Federico y Daniela, que estuvieron visitando la hermosa ciudad de Londres y nos cuentan su experiencia en el London Eye.

La ciudad de Londres cuenta con una infinidad de atracciones para todo tipo de público. Una de las más famosas es sin duda el Londo Eye (el Ojo de Londres) que forma parte de un salón de la fama difícil de ingresar. Cualquiera podría pensar “si, otra rueda de la fortuna” y sí, es lo que pensé en mi primera visita a la ciudad hace unos cuantos años, pero en el comienzo de 2018 me llevaría una grata sorpresa al visitarlo. En rigor de verdad deberíamos hablar de Coca Cola London Eye, porque ya saben, las grandes marcas terminan estando en todo lugar donde haya gente observando.

Con Daniela decidimos comenzar el 2018 en Londres, como parte de nuestro proyecto de iniciar cada año en distintas ciudades del mundo. Ahí el show de fuegos artificiales es un imperdible, y el London Eye forma parte del juego de luces y colores que se despliega en el evento. Ahora solo nos faltaba conocer la ciudad desde otra perspectiva, y qué mejor que el London Eye, una gran noria ubicada a la vera del Támesis, frente al mismísimo Big Ben. Ni el clima londinense típico de invierno puede detener las hermosas vistas que se pueden tener desde su máximo de 135 metros, y siempre dentro de sus cabinas climatizadas (son 32 en total) que en poco menos de media hora dan la vuelta completa. Dicen los que subieron con mejor clima, que en días despejados se puede ver hasta 40 kilómetros a la redonda, así que quizás ustedes puedan tener más suerte.

Por suerte no debimos esperar más de un par de minutos para subirnos, y además estábamos entre las primeras cabinas en llenarse, ya que no había dado ni una sola vuelta aún. Antes o después de subir, puede visitarse una experiencia 4D dentro del complejo, donde se pasea a vuelo de pájaro por Londres, al estilo del mismo London Eye. Por cierto, el sesgo de mi formación en ingeniería me obligó a ponerme a pensar en el diseño de semejante enormidad de metales y partes móviles. Al igual que ocurre cuando uno se sube a un avión, barco o tren, estamos depositando nuestra total confianza en el equipo de ingenieros que diseño y fabricó el vehículo, y en el equipo que le realiza el mantenimiento. Es muy difícil no ponerse a pensar en lo que debe haber costado montar todo eso, con el dato adicional de que la rueda está sostenida de un solo lado, lo cual en principio podría no ser tan intuitivo desde el punto de vista mecánico.

El movimiento de la rueda es lento, lo cual permite disfrutar del paisaje a medida que gira, y los sistemas de información de la cabina permiten saber qué es exactamente lo que se está viendo desde allí. Organización y precisión inglesa, sin duda. En la cabina hay asientos para todos, pero lo normal es estar pegado al ventanal mirando todo y sacando fotos y selfies. Claro que las mejores fotos de uno mismo deberían ser tomadas desde la cabina de enfrente, así que una buena idea sería arreglar con alguien desconocido para que les tome una fotografía desde enfrente a cambio de tomarles una desde la cabina en que están, y al bajar se las intercambian por email o whatsapp.

El London Eye está allí desde marzo de 2000, y fue la mayor rueda del mundo hasta 2006 (desde 2014 es el High Roller en Las Vegas, USA). Considerando que en ciudades clásicas como ésta, este tipo de atracciones suelen ser muy discutidas y eventualmente desmontadas, no duden en darse una vuelta por el London Eye mientras esté activo, será sin duda una de las experiencias más memorables de Londres.

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